Manos de Volcán y Selva: El Mapa del Alma Artesana en Nariño
En Nariño, el paisaje no se queda estático frente a los ojos; se mete en las uñas, se enreda en los dedos y termina convertido en objeto. Aquí, la geografía no es solo un accidente de la tierra, es la proveedora de una materia prima que los artesanos han aprendido a domar durante siglos. Si uno camina por los talleres de Pasto, las calles de Sandoná o las plazas de Córdoba e Ipiales, entiende que la artesanía nariñense no es un "souvenir" para turistas; es un lenguaje de resistencia que se escribe en paja, barniz, madera y lana.
Este reportaje es un análisis de esa inteligencia manual,
una exploración por las venas de un departamento que ha hecho de la artesanía
su cédula de identidad ante el mundo.
1. El Mopa-Mopa: La Piel Vegetal de los Andes
No se puede hablar de Nariño sin mencionar el Barniz de
Pasto. Es, quizás, la técnica más sofisticada y mística de nuestra región.
Como bien lo señala el Banco de la República en sus investigaciones
sobre arte popular: “El Barniz de Pasto constituye un caso único de
hibridación cultural, donde una resina de origen selvático (el mopa-mopa) es
transformada mediante técnicas prehispánicas para decorar objetos de influencia
andina y europea”.
El proceso es un rito de paciencia: el artesano mastica y
amasa la resina caliente, la estira hasta que parece un suspiro de color y la
adhiere a la madera con la precisión de un cirujano. En el libro Mopa-Mopa:
Barniz de Pasto, se destaca que esta técnica fue la única que fascinó tanto
a los cronistas españoles que no intentaron prohibirla, sino que la adoptaron
para sus propios arcones y bargueños. Hoy, ver una pieza de barniz es ver un
pedazo de selva amazónica domesticado por el frío de la montaña.
2. La Paja Toquilla: El Tejido del Viento
Si bajamos un poco la montaña, hacia el clima cálido de
Sandoná, el paisaje se llena de palmas. Allí nace la Paja Toquilla. El
sombrero sandoneño es una arquitectura del aire; un tejido tan fino que puede
doblarse hasta caber en un bolsillo y recuperar su forma sin una sola arruga.
Un reportaje del diario El Derecho de mediados del
siglo pasado describía a las tejedoras como "las arañas humanas del
Galeras", mujeres que, con los dedos volando sobre las hebras de
palma, construyen no solo sombreros, sino individuales, carteras y figuras que
son el sustento de miles de familias. El análisis sociológico de este oficio
nos muestra una estructura de economía solidaria donde el saber se transmite de
abuela a nieta en los zaguanes de las casas, manteniendo viva una tradición que
es, al mismo tiempo, moda y patrimonio.
3. El Tamo: El Brillo de la Cosecha
Pocas artesanías son tan poéticas como el Tamo de Trigo.
Se trata de usar el desecho de la cosecha, la brizna dorada que queda tras
recoger el grano, para crear mosaicos de una complejidad asombrosa. El artesano
toma cada filamento de paja, lo lamina y lo pega sobre madera para formar
paisajes, figuras religiosas o motivos geométricos que brillan como si fueran
hilos de oro.
“El tamo es la sublimación de la pobreza convertida en
riqueza visual”, citaba un ensayo sobre estética regional publicado por la
Universidad de Nariño. Es la prueba de que en el sur, nada se desperdicia. El
brillo del tamo no viene de un barniz químico, sino de la propia fibra del
trigo pulida por la mano del hombre.
4. La Lana y la Talla en Madera: El Abrigo y la
Estructura
En las zonas más altas, como Ipiales y Cumbal, el frío se
combate con el telar. El Guanga (telar indígena) es la herramienta donde
se tejen ruanas y fajas que cuentan la cosmogonía de los pueblos Pastos. Cada
color y cada figura geométrica tienen un significado: el agua, el sol, el
camino de la vida.
Paralelamente, la Talla en Madera en municipios como
Ipiales y la zona de San Juan ha alcanzado niveles de maestría religiosa y
civil que compiten con las mejores escuelas quiteñas. Como afirma un estudio
del Banco de la República: “La talla en madera en el sur de Colombia es un
diálogo constante con la fe; cada golpe de gubia es una oración y una
reafirmación de la destreza técnica heredada de la colonia”.
5. ¿Hacia dónde vamos?
A pesar de la belleza de estas obras, la artesanía en Nariño
enfrenta un desafío estructural. El relevo generacional es incierto. Muchos
hijos de artesanos prefieren la ciudad y la tecnología antes que los callos en
las manos y las largas horas de encierro en el taller.
Sin embargo, hay esperanza. En los últimos años, el diseño
de modas y la arquitectura contemporánea han vuelto la mirada hacia Nariño. Los
diseñadores nacionales están incorporando el Barniz de Pasto y el tejido en
paja toquilla en las pasarelas de Milán y París. El reto es que este éxito
internacional se traduzca en una vida digna para el maestro que sigue en su
taller del barrio Pandiaco o en la vereda de Sandoná.
El Lujo de lo Humano
Las artesanías de Nariño son el antídoto contra un mundo de
plástico y producción en serie. Poseer una pieza de tamo o de mopa-mopa es
poseer tiempo humano. Como decía un editorial de un periódico local: “En
cada artesanía nariñense hay una gota de sudor del volcán y un suspiro de la
selva”.
Comprar artesanía en nuestra tierra no es comprar un objeto;
es financiar la permanencia de un saber milenario. Es asegurar que el brillo
del trigo y la elasticidad de la resina sigan contando quiénes somos: un pueblo
que no solo habita la montaña, sino que la moldea con sus propias manos para
que el mundo sepa que aquí, en el sur, la belleza es un trabajo diario de
paciencia y fe.
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