Los platos típicos de Semana Santa en Nariño (aún sobreviven)

Los Sabores que Resisten al Olvido en la Semana Santa Nariñense

Mientras el mundo exterior acelera su paso hacia la modernidad líquida y el consumo instantáneo, en las cocinas de Nariño se libra una batalla silenciosa por la memoria. La Semana Santa en el sur de Colombia no solo se reza en las naves laterales de la Catedral o en las procesiones de "La Panadería"; se cocina a fuego lento, con ingredientes que son, en sí mismos, reliquias de nuestra identidad.

Como bien anotaba el pensador Byung-Chul Han en su obra La desaparición de los rituales, estos actos repetitivos y simbólicos son los que crean comunidad y nos dan un lugar en el mundo. En Pasto, el ritual es el sabor.

La Resistencia del Grano y el Altiplano

Más allá de la omnipresente Juanesca, existe un ecosistema de platos que aún desafían el paso del tiempo y la homogeneización de la dieta moderna.

1. Los Dulces de Guarda: El Almíbar como Refugio

El "plato de dulces" es la corona de la tarde de Jueves Santo. No es un postre cualquiera; es una muestra de la paciencia andina. Higos en almíbar, dulce de chilacuán (papayuela), calabaza y el infaltable dulce de leche.

El historiador nariñense Emiliano Díaz del Castillo mencionaba en sus relatos sobre la vida cotidiana que estos dulces representaban la "dulzura del espíritu frente al sacrificio". Según crónicas de archivo del diario El Derecho, las familias competían antaño por quién lograba el punto más exacto del almíbar, un saber que se heredaba como una escritura de propiedad.

2. El Locro de Zapallo: La Humildad hecha Manjar

En los días de ayuno y abstinencia de carnes rojas, el locro de zapallo emerge como el protagonista. Es una sopa densa, de un amarillo vibrante, que utiliza la papa de nuestra tierra para dar cuerpo y el queso fresco para dar alma. Es el alimento que, según los editoriales de Diario del Sur en décadas pasadas, "iguala las mesas de los ricos y los pobres en un solo sentimiento de fe".

3. El Cuy: La Excepción de la Regla

Aunque la tradición dicta abstinencia, en Nariño el cuy es el "rey de la mesa" en los días de fiesta familiar que rodean la fe. Como explicaba el sociólogo Jürgen Habermas, la identidad se construye a través de la comunicación, y no hay mayor espacio comunicativo en el sur que un almuerzo donde el cuy asado, con su piel crocante y su aroma a comino y ajo, preside la reunión. Es nuestra forma de decir que seguimos aquí, vinculados a la tierra y a lo ancestral.

¿Por qué sobreviven estos platos?

La supervivencia de esta gastronomía no es casualidad. En una región donde la geografía nos ha hecho introspectivos, la comida es nuestro lenguaje más honesto. Los platos de Semana Santa en Nariño sobreviven porque no son mercancía; son afecto.

"La cocina nariñense es un palimpsesto donde se leen las huellas de los quillacingas, los pastos y la herencia española", señalaba una nota cultural de El Tiempo sobre el patrimonio del sur.

Hoy, el reto es que las nuevas generaciones no vean en estos platos algo "viejo", sino algo "eterno". El secreto está en la "minga": esa labor colectiva de pelar los granos, de mecer el dulce, de compartir el plato con el vecino. Mientras haya una mano dispuesta a pelar una haba o a vigilar un almíbar, nuestra cultura seguirá viva, a salvo de los algoritmos que intentan decirnos qué comer.

El "Menú de la Memoria"

Si usted recorre las calles de Pasto en estos días, busque estos sabores que aún respiran:

  • Empanadas de Añejo: Con su masa fermentada de maíz, únicas en el mundo.
  • Champús: La bebida de maíz, frutas y especias que refresca el fervor.
  • Lapingachos: Esas tortillas de papa que son el abrazo perfecto para cualquier vianda.

 

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