Nariño no es solo una tierra de volcanes y vientos fríos; es, ante todo, un territorio donde la realidad y la fantasía conviven en la misma mesa. Como periodista, al recorrer las veredas de nuestra región, uno se da cuenta de que aquí las leyendas no son "cuentos de viejos", sino una forma de entender el mundo, de ponerle nombre al miedo y de imponer respeto hacia la naturaleza.
En este año, a pesar de la hiperconectividad, los mitos
nariñenses se resisten a morir. Se han transformado, pero su esencia sigue viva
en el susurro de los páramos y en la oscuridad de las selvas del Pacífico. Aquí
les presento una radiografía profunda de los mitos que moldean nuestra
identidad.
1. El Duende: El dueño de los potreros
Es quizás el mito más extendido en los Andes nariñenses. El
Duende no es solo un niño con un sombrero gigante; es una presencia que encarna
la travesura y el peligro de la soledad en el campo.
- El
análisis: Para el campesino nariñense, el Duende es el recordatorio de
que no se debe descuidar a los niños ni aventurarse solo por caminos
desconocidos. Se dice que "encanta" a los más pequeños con
dulces o juguetes para llevárselos a las cuevas.
- El
lenguaje humano: "Le dio el soplo el Duende", dicen las
abuelas cuando alguien aparece desorientado. No es una patología médica en
el imaginario popular, es un encuentro con lo inexplicable.
2. La Viuda: El terror de los trasnochadores
Si el Duende se ocupa de los niños, La Viuda es el azote de
los hombres. Se describe como una mujer vestida de negro riguroso, que aparece
en las noches cerradas, especialmente cerca de cementerios o caminos
solitarios.
- Análisis
profundo: Más allá del susto, La Viuda cumple una función social de
"control moral". Aparece frecuentemente ante hombres que
regresan a casa después de una noche de copas o que son infieles. Es el
peso de la culpa hecho fantasma.
- El
detalle: Dicen que su rostro, oculto bajo un velo, se transforma en
una calavera cuando su víctima está lo suficientemente cerca como para no
poder escapar.
3. La Tunda: La reina de la selva y el manglar
Al bajar hacia la costa pacífica nariñense, el mito cambia
de piel. La Tunda es una mujer fea, con una pata de molinillo (palo de madera
para batir el chocolate) y la otra humana, que tiene el poder de transformarse
en un ser querido para atraer a sus víctimas.
- El
trasfondo: La Tunda "entunda" a la gente, dejándolos en un
estado de trance. Este mito refleja el respeto sagrado hacia la selva y el
manglar. Perderse en la manigua es, para el habitante del Pacífico, caer
en las manos de una fuerza que domina el territorio.
- La
cura: Solo se puede rescatar al "entundado" con el sonido de
los bombos, los cununos y los cantos de las cantaoras (alabaos),
demostrando que la música es la única medicina contra el mal en la costa.
4. El Padre Descabezado: La sombra de la colonia
Este mito es común en los barrios más antiguos de Pasto y en
municipios como Ipiales. Un sacerdote sin cabeza que camina por los conventos y
calles empedradas durante la madrugada.
- Análisis:
Es el reflejo de la fuerte influencia religiosa en Nariño. El mito suele
vincularse con pecados ocultos dentro de la iglesia o con tesoros
enterrados (las famosas "guacas"). Representa el temor a la
autoridad religiosa cuando esta se desvía de su camino.
¿Por qué seguimos creyendo hasta hoy?
Como periodista, analizo que estos mitos cumplen tres
funciones vitales en nuestra sociedad:
- Educación
ambiental: El miedo al "dueño del monte" o a la "Madre
Monte" ha evitado, durante siglos, que el ser humano deprede
indiscriminadamente ciertas zonas sagradas de los páramos.
- Cohesión
social: Compartir la misma leyenda crea un lenguaje común. Un
nariñense en cualquier parte del mundo reconoce la importancia de un
"chuchaqui" o el miedo a un "mal de viento".
- Resistencia
cultural: Frente a la cultura globalizada y uniforme de internet,
nuestras leyendas son la trinchera. Son lo único que Google no puede
explicar del todo porque nacen de la vivencia, no del dato.
Nuestros mitos no son mentiras; son verdades poéticas. Son la forma en que el pueblo nariñense ha decidido narrar su historia, sus miedos y su respeto por lo sagrado. La próxima vez que sientas un frío repentino en un camino de herradura o escuches un silbido extraño en el páramo, no busques una explicación lógica en tu celular. Simplemente guarda silencio y respeta, porque en Nariño, lo que no se ve, también existe.
