Sombras en el Galeras: Una Crónica por las 5 Leyendas que Habitan el Sur
En Nariño, la noche no es solo la ausencia de sol; es el escenario donde la realidad se dobla para dar paso a lo inexplicable. Aquí, entre el frío del páramo y el abismo de los cañones, las leyendas no son cuentos de niños para dormir, sino advertencias de los abuelos para sobrevivir. Caminar por las calles de Pasto o por las veredas de Túquerres después de las doce es aceptar que el mundo tiene dueños que no figuran en las escrituras públicas.Como bien dice el maestro y recopilador de tradición oral,
Javier Vallejo: “Nuestra mitología no es un invento literario, es la
respuesta del hombre andino al misterio de una geografía que asusta y enamora
al mismo tiempo”. En este reportaje, nos adentramos en las cinco sombras
más persistentes de nuestro territorio, aquellas que han moldeado el carácter
místico y respetuoso del nariñense.
1. El Viudo: El Caballero de la Oscuridad
Si usted camina solo por una calle empedrada y escucha el
eco de unos pasos elegantes y el roce de una capa de seda, no voltee. Se trata
del Viudo. A diferencia de otros espantos harapientos, este es un hombre de
porte distinguido, vestido de negro riguroso, que suele aparecerse a los
trasnochadores y, especialmente, a los hombres infieles.
La leyenda cuenta que es el alma en pena de un esposo que
juró amor eterno y, tras enviudar, se entregó a los vicios. “El Viudo no te
mata con garras, te mata con el frío que emana de su presencia; cuando lo
tienes cerca, el aliento se congela y el corazón se detiene del puro respeto”,
relata doña Mercedes, una anciana que jura haber visto su silueta cerca del
templo de San Felipe. Es el guardián de la moralidad andina, un recordatorio de
que las promesas rotas tienen precio.
2. La Viuda: El Lamento del Abismo
No debe confundirse con el anterior. La Viuda es el terror
de los caminos rurales. Se describe como una mujer alta, vestida de luto, cuyo
rostro permanece oculto tras un velo denso. Su aparición suele estar precedida
por un viento helado que apaga las linternas y asusta a los caballos.
A diferencia del caballero elegante, la Viuda es una fuerza
de la naturaleza herida. Se dice que busca a sus hijos perdidos o que persigue
a los borrachos para perderlos en los despeñaderos. “Ella no camina, ella
flota sobre el rastrojo, y su llanto se confunde con el silbido del viento en
los pajonales”, afirma un campesino de la zona de El Encano. Su presencia
es un análisis vivo del dolor y la soledad que habitan en las zonas más
apartadas de nuestra cordillera.
3. El Duende: El Dueño de las Aguas y las Trenzas
El Duende nariñense es, quizás, la figura más ambigua de
nuestra mitología. No es el gnomo bonachón de los cuentos europeos, sino un ser
territorial, a veces juguetón y otras veces malvado, que habita cerca de las
fuentes de agua y los cafetales.
Su debilidad son las mujeres jóvenes de cabello largo y los
niños hermosos. Su firma es inconfundible: las trenzas imposibles de desenredar
que amanecen en las crines de los caballos o en el pelo de las muchachas. “Al
Duende se le gana con música o con groserías, pero nunca con miedo, porque del
miedo se alimenta”, dice la sabiduría popular. Es la personificación de lo
salvaje, de aquello que el hombre no ha podido domesticar en la naturaleza.
4. El Padre Descabezado: La Culpa que Camina
Esta leyenda, común a varios pueblos de Nariño como Ipiales
y Puerres, narra la aparición de un sacerdote que camina por los atrios de las
iglesias o los conventos antiguos cargando su propia cabeza bajo el brazo o,
simplemente, luciendo un vacío aterrador sobre los hombros.
El análisis histórico sugiere que esta figura nació del
choque cultural y las tensiones religiosas de la época colonial. Representa la
autoridad rota y el pecado oculto tras los muros de la fe. “Ver al Padre
Descabezado es enfrentarse a la propia conciencia; dicen que solo se le aparece
a quienes cargan un secreto que les carcome el alma”, comenta un
historiador local. Es el fantasma de la institución, la sombra que proyecta la
luz de los altares.
5. El Guagua Auca: El Grito en el Pajonal
Posiblemente sea la leyenda más desgarradora y terrorífica
de todas. El "Guagua Auca" (niño sin bautizar o niño salvaje) es el
espíritu de un infante que murió sin recibir el sacramento o que fue
abandonado. Se manifiesta como un llanto agudo de bebé que sale de entre los
matorrales en las noches de neblina.
Cuando el viajero, movido por la compasión, busca al niño
para auxiliarlo, encuentra una criatura con dientes afilados y ojos de fuego
que lanza una carcajada demoníaca antes de desaparecer. “Es el recordatorio
de nuestras faltas como sociedad, del descuido de lo más sagrado”,
reflexiona un sociólogo regional. El Guagua Auca es el grito de la inocencia
traicionada que regresa para reclamar su lugar en un mundo que lo olvidó.
¿Por qué seguimos creyendo?
¿Por qué en pleno siglo XXI, en la era de los satélites y la
fibra óptica, un pastuso se persigna al pasar por una calle oscura o evita
mirar hacia el monte cuando escucha un ruido extraño? La respuesta es sencilla:
las leyendas de Nariño son nuestro sistema de valores narrado en sombras.
No creemos en el Duende porque seamos ignorantes, creemos en
él porque respetamos el agua. No tememos al Viudo por superstición, sino porque
valoramos la fidelidad y la palabra empeñada. Estas historias son el barniz que
protege nuestra identidad, la capa de misterio que nos hace únicos.
Como bien concluye la voz popular: “En Nariño, el que no
cree en espantos, es porque no ha caminado lo suficiente”. Nuestras
leyendas son el alma de la montaña hablando a través del miedo, enseñándonos
que, en esta tierra de volcanes, lo invisible es tan real como la piedra.
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