La Resistencia Milenaria del Barniz de Pasto
En un taller pequeño del barrio Pandiaco, en Pasto, el aire huele a resina y a tiempo detenido. Un artesano sostiene entre sus dedos una pequeña pepa verdosa, dura como una piedra, extraída de las entrañas de la selva del piedemonte amazónico. Esa semilla, el mopa-mopa, es el punto de partida de una de las técnicas decorativas más asombrosas del planeta: el Barniz de Pasto. No es una pintura, no es un lacado industrial; es una piel vegetal que ha sobrevivido a la conquista, a la república y a la modernidad plástica.Entender el Barniz de Pasto es hacer un análisis de la
tenacidad cultural. Es la única técnica de origen prehispánico en Colombia que
se mantiene prácticamente intacta en su proceso manual. Aquí, la química de la
naturaleza se encuentra con la paciencia del hombre para crear objetos que
parecen bañados en una luz que viene desde adentro.
1. El Mopa-Mopa: La Resina del Misterio
Todo comienza con el arbusto Elaeagia pastoensis Mora.
Esta planta secreta una resina que los recolectores extraen en los bosques
húmedos del Putumayo. Como bien lo describe el Banco de la República en
sus investigaciones sobre artes populares: “El Barniz de Pasto es una
manifestación cultural única que vincula el conocimiento botánico de las selvas
amazónicas con la destreza artesanal de la zona andina”.
La resina llega a Pasto en bloques rústicos. El artesano
debe limpiarla de hojas y cortezas, hirviéndola en agua para ablandarla. Es un
proceso físico agotador. El mopa-mopa se amasa, se estira y se muerde (sí,
literalmente se sujeta con los dientes y se tracciona con las manos) hasta
convertirlo en una lámina tan delgada que es casi transparente. Es en este
punto donde la materia prima se vuelve arte.
2. Una Técnica de Supervivencia Histórica
A diferencia de otras artes que desaparecieron con la
llegada de los españoles, el Barniz de Pasto fascinó a los cronistas
coloniales. En el libro Mopa-Mopa: Barniz de Pasto, se cita cómo los
europeos quedaron maravillados por la impermeabilidad y el brillo de los
"kheros" o vasos ceremoniales indígenas.
La técnica sobrevivió porque supo adaptarse. Los artesanos
empezaron a aplicar el barniz en arcones, bargueños y marcos de espejos,
mezclando la cosmogonía indígena con los gustos decorativos del Viejo Mundo. “El
Barniz de Pasto es el testimonio de un mestizaje exitoso, donde la resina
silvestre abrazó las formas del mobiliario europeo sin perder su esencia
sagrada”, señalaba una nota cultural de un periódico regional a principios
del siglo XX.
3. El Ritual del Color y el Bisturí
El proceso de decoración es una prueba de nervios de acero.
El artesano tiñe las láminas de resina con pigmentos vegetales o minerales.
Luego, extiende la lámina sobre la madera (generalmente cedro o nogal) y, con
un bisturí de precisión quirúrgica, recorta los motivos. Flores, aves, figuras
geométricas o escenas costumbristas van apareciendo a medida que se superponen
capas de colores.
Lo más fascinante es que no hay pegamento. La resina se
adhiere a la madera y a sí misma por calor y presión. Como bien afirma el
maestro artesano Eduardo Muñoz Lora, una de las leyendas vivas de este oficio: “En
el barniz no hay margen de error. Si cortas mal, tienes que empezar de nuevo.
La madera y la resina deben volverse una sola piel”.
4. Un Patrimonio de la Humanidad en Peligro
En el año 2020, la UNESCO inscribió a los
"Conocimientos y técnicas tradicionales asociadas al Barniz de Pasto
Mopa-Mopa" en la Lista de Salvaguardia Urgente del Patrimonio Cultural
Inmaterial. Este reconocimiento no fue solo un aplauso, sino una alarma.
Un análisis profundo de la situación actual revela dos
amenazas críticas: el cambio climático, que afecta los ciclos de recolección de
la resina en la selva, y el desinterés de las nuevas generaciones por un oficio
que exige años de aprendizaje y una paciencia que choca con la inmediatez
digital. Como citaba un editorial del diario El Tiempo: “Proteger el
mopa-mopa no es solo cuidar un objeto decorativo; es proteger un eslabón
perdido entre la Amazonía y los Andes”.
5. El Barniz como Lenguaje de Identidad
Para el pastuso, el barniz es un símbolo de orgullo. Es lo
que regalamos a los presidentes, lo que mostramos al mundo en las ferias
internacionales y lo que guardamos en la sala de la casa como un tesoro
familiar. Es una artesanía que no se devalúa, porque el mopa-mopa, a diferencia
del plástico o las lacas químicas, no se cuartea con el tiempo; parece ganar
carácter con los años.
Es, en definitiva, un "oro vegetal". Un
material que respira, que brilla con la luz de la vela y que cuenta la historia
de un pueblo que se niega a olvidar cómo dialogar con la montaña y la selva.
Conclusión
El Barniz de Pasto es la prueba de que lo humano, lo manual
y lo natural todavía tienen un espacio en un mundo automatizado. Cada vez que
alguien sostiene una caja de mopa-mopa, está sosteniendo siglos de caminatas
por la selva, horas de amasado frente al fuego y la precisión de un bisturí que
dibuja la identidad de todo un departamento.
Es, como dice la gente en los talleres del centro de Pasto, “la
madera vestida de gala”. Y mientras haya un artesano dispuesto a quemarse
los dedos con la resina caliente para estirar la lámina del tiempo, el
mopa-mopa seguirá siendo el brillo eterno de nuestro sur indómito.
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