¿Qué nos dice el fenómeno therian sobre nosotros mismos?
El sol se filtra entre las ramas de un bosque suburbano. Para la mayoría,
este es solo un parque o un sendero de fin de semana. Pero para un grupo
creciente de jóvenes, el asfalto y el concreto son solo una máscara
superficial. Bajo la piel, late algo más antiguo, algo silvestre. No juegan a
ser animales; sienten, con una convicción que desafía la lógica moderna, que son animales en un cuerpo que no les corresponde.
Estamos ante el fenómeno Therian.
A simple vista, el movimiento puede parecer una moda pasajera de internet,
llena de máscaras de felpa y saltos coordinados llamados quadrobics. Sin embargo, si nos alejamos del ruido de
las redes sociales y entramos en el terreno de la mente humana, la historia
cambia. No es un simple disfraz. Es una identidad que surge desde las
profundidades del ser, una experiencia donde la psique se reconoce en la figura
del lobo, el felino o el ave.
Este sentimiento no es nuevo, aunque hoy tenga un nombre moderno. Como bien
decía el antropólogo Claude Lévi-Strauss: "Los animales son buenos para pensar". El ser
humano siempre ha utilizado al animal como un espejo para entender su propia
naturaleza. Pero en el caso de los therians, el espejo
no está frente a ellos, sino dentro.
Para entender por qué alguien siente que su esencia pertenece a otra
especie, no basta con mirar la superficie. Debemos descender a los sótanos de
la consciencia, allí donde habitan las imágenes que nos forman antes de que
tengamos palabras para nombrarlas. Es aquí donde la figura de Carl Jung y su psicología profunda nos ofrecen una
brújula. Para Jung, no somos solo el "yo" que va al colegio o al
trabajo; somos un vasto océano de símbolos y fuerzas ancestrales que a veces
reclaman su lugar en la realidad.
La tendencia therian, entonces, deja de ser un comportamiento extraño para
convertirse en un síntoma de algo mucho más grande: la búsqueda de una conexión
perdida en un mundo que nos ha arrancado de la tierra.
La conexión con el animal no es un capricho de la imaginación, sino un
puente hacia lo que Carl Jung denominó el inconsciente colectivo. En el enfoque del Doctor Calabaza, entendemos que la mente humana no es
una hoja en blanco, sino un depósito de memorias y formas primordiales. Los therians no están inventando una identidad desde la
nada; están sintonizando con un arquetipo.
El animal es, quizás, el símbolo más puro del instinto. En una sociedad que
nos exige ser productivos, lógicos y civilizados las veinticuatro horas del
día, el "instinto animal" es a menudo empujado hacia los rincones más
oscuros de nuestra psique: lo que Jung llamó la Sombra. Pero la
Sombra no es algo malo; es simplemente todo aquello que hemos negado de
nosotros mismos. Cuando un joven siente que es un lobo, lo que está ocurriendo
es una irrupción de esa fuerza vital que no encuentra espacio en la vida urbana
y digital.
Como señalaba la analista junguiana Marie-Louise von Franz:
"El animal representa la naturaleza profunda, la salud de los
instintos, aquello que en el hombre es todavía naturaleza pura".
Al adoptar la identidad therian, el individuo intenta rescatar esa
"pureza" para no morir asfixiado por la artificialidad del mundo
moderno. No es un escape de la realidad, es un intento desesperado por volver a
una realidad más auténtica, una donde el cuerpo y el alma no estén divididos.
Aquí es donde la psicología profunda nos lanza una advertencia y una
invitación. Si ignoramos estas manifestaciones, la Sombra puede volverse
destructiva. Pero si las escuchamos, como hacen los therians
a través de sus "cambios" o shifts —esos
momentos donde la percepción animal se vuelve dominante—, estamos permitiendo
que el alma hable. Estamos ante un proceso de individuación: el
esfuerzo del ser humano por integrarse y estar completo, incluso si eso
significa aceptar que una parte de nosotros camina a cuatro patas.
Sin embargo, este viaje hacia el interior no está libre de peligros. La
línea entre integrar un arquetipo y quedar atrapado en él es delgada, y es ahí
donde la comunidad y la comprensión psicológica se vuelven vitales para que el
rugido no se convierta en silencio.
Esta búsqueda de integración no siempre es un camino de rosas. Para muchos,
el sentimiento de ser un animal atrapado en un envase humano genera una tensión
constante, una fricción que en la comunidad se conoce como disforia de especie. Es esa sensación de que los brazos
deberían ser alas o de que el equilibrio falla porque falta una cola que no
está ahí. En el consultorio del Doctor Calabaza,
veríamos esto no como una patología que hay que extirpar, sino como un lenguaje
que el cuerpo utiliza para expresar una desconexión profunda.
El mundo exterior, sin embargo, suele reaccionar con el arma más afilada
que posee: el juicio. La sociedad moderna, tan obsesionada con la etiqueta y la
norma, ve en el therian a alguien que ha perdido el
juicio o que simplemente busca llamar la atención. Pero como decía el
psiquiatra James Hillman: "Los síntomas son las
quejas del alma". Cuando el entorno se vuelve demasiado
estéril, demasiado predecible y demasiado lógico, el alma se rebela a través de
formas que la lógica no puede contener.
Lo que el therian vive es, en esencia, una protesta contra el
desencantamiento del mundo. Al identificarse con el animal, están reclamando
una porción de magia y de naturaleza que se nos ha arrebatado. No es casualidad
que esta tendencia explote en la era digital; cuanto más tiempo pasamos frente
a pantallas de cristal, más fuerte es el grito del animal interno que pide
tocar la tierra, oler el bosque y sentir el viento.
Desde la psicología profunda, esta "disforia" es una invitación a
la transmutación. No se trata de negar que se tiene un cuerpo humano, sino de
permitir que la esencia animal informe y enriquezca esa humanidad. El animal no
viene a sustituir al hombre, sino a recordarle sus raíces. Como bien observaba Jung, el ser humano es el único animal que ha olvidado
cómo serlo, y esa amnesia nos está enfermando.
El reto, entonces, no es "curar" al therian de su
identidad, sino ayudarle a que esa identidad sea un puente hacia la salud
mental y no una isla de aislamiento. Porque cuando el animal y el humano
aprenden a caminar juntos, el individuo recupera una fuerza que el resto de la
sociedad ha olvidado en algún cajón de la oficina.
Para que este susurro del instinto no se pierda en el vacío, el therian busca a su manada. En la era de la
hiperconexión, el ritual ya no sucede alrededor de una hoguera en una cueva,
sino en foros, grupos de Discord y encuentros en bosques locales. Aquí, el
lenguaje del Doctor Calabaza nos revela algo fundamental: el ser
humano es un animal social que necesita el rito para dar sentido a su
existencia. Sin ritos de paso, la identidad se desmorona.
La comunidad therian ha creado sus propios códigos. Los quadrobics (correr o saltar a cuatro patas) o el uso de
colas y máscaras artesanales no son "juegos infantiles", sino actos simbólicos. Para la psicología profunda, el
símbolo es el único lenguaje capaz de unir los opuestos. Al ponerse una
máscara, el joven no se está ocultando; paradójicamente, se está revelando.
Está permitiendo que el arquetipo animal tome forma física, dándole un
"cuerpo" a esa sensación interna que la ropa de diario asfixia.
Como bien afirmaba el mitólogo Joseph Campbell: "El ritual es la puesta en escena de un mito".
El mito del therian es el mito del regreso al origen, de la
reconciliación con la fiera que llevamos dentro. Al compartir sus experiencias
de "cambios" o shifts con otros, el
individuo valida su mundo interno. Deja de ser un "raro" para
convertirse en parte de una genealogía espiritual que se remonta a los chamanes
de la antigüedad, quienes también vestían pieles para adquirir la sabiduría del
oso o la agilidad del ciervo.
Sin embargo, este refugio comunitario también actúa como un espejo de la
psique colectiva. En el grupo, el therian encuentra la
fuerza para enfrentar un mundo que lo tacha de "otro". Pero el riesgo
acecha cuando la comunidad se convierte en una burbuja que impide la
integración con la vida humana necesaria. El equilibrio junguiano nos enseña
que el objetivo no es vivir permanentemente en el bosque (literal o
metafórico), sino traer la medicina del animal de vuelta a la aldea.
La manada digital ofrece el soporte emocional para que el individuo no se
rompa bajo el peso de su propia sombra. Es el espacio donde el rugido es
comprendido y donde la vulnerabilidad de ser "diferente" se
transforma en la soberanía de ser auténtico.
Al final del día, cuando las máscaras se guardan y los videos se apagan,
queda una pregunta que el Doctor Calabaza
siempre nos invita a hacernos: ¿qué nos dice el fenómeno therian sobre nosotros mismos? No es solo una
subcultura de nicho; es un síntoma de una civilización que ha estirado tanto la
cuerda de la razón que esta ha empezado a romperse. El therian es el canario en la mina de la modernidad,
avisándonos de que el aire se ha vuelto demasiado artificial para respirar.
Desde la psicología profunda, entendemos que negar nuestra herencia animal
no nos hace más humanos, sino más incompletos. Como sentenció Carl Jung: "Nadie se ilumina
imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad".
El therian no teme a esa oscuridad, a esa parte
"salvaje" que la mayoría prefiere ignorar. Al abrazar su animal interior,
está realizando un acto de valentía psíquica: está reclamando la totalidad de
su ser en un mundo que nos prefiere fragmentados y dóciles.
[Imagen de un bosque neblinoso donde una figura humana camina con paso
firme, dejando una sombra de lobo que mira hacia el horizonte]
Esta tendencia, lejos de ser una regresión a la infancia, puede verse como
un grito de esperanza. Es la prueba de que el alma humana no se rinde ante el
asfalto. Consiste en recordar que, aunque caminemos por ciudades de cristal y
usemos tecnología de punta, nuestro corazón todavía late al ritmo de la tierra.
El "porqué" se hace es sencillo y a la vez profundo: se hace para
sobrevivir emocionalmente, para sentir que la vida tiene una textura más rica
que la que ofrece una hoja de cálculo o una red social convencional.
Cerraremos este viaje recordando las palabras de Clarissa
Pinkola Estés: "Ser nosotros mismos hace
que nos acaben expulsando de muchos grupos. Sin embargo, obedecer a los demás
hace que nos expulsemos de nosotros mismos". Los therians han elegido no expulsarse de su propia
naturaleza.
Quizás, el verdadero misterio no sea por qué ellos sienten que son
animales, sino por qué el resto de nosotros hemos olvidado tan pronto que
también lo somos. Al final, integrar nuestra parte silvestre no nos aleja de la
humanidad; nos devuelve la brújula para ser humanos de verdad: salvajes,
conscientes y, sobre todo, libres.
