¿Cómo sería la vida del estoico Séneca al pie del Volcán Galeras, entre la efervescencia del carnaval y el sabor del Cuy asado? ¿Cómo sería la vida para reflexionar desde el estoicismo para este filosofo en la ciudad sorpresa?
En este artículo haremos una reflexión y suposición. Deja tus comentarios al final para conocer tu opinión, quizá cómo crees que sería la vida de este estoico en la capital de Nariño.
Empecemos.
Imagínese que Lucio Anneo Séneca, el filósofo estoico que
aconsejó a emperadores y escribió cartas que el tiempo no pudo matar,
despertara un lunes cualquiera en Pasto. No en la Roma de Nerón, sino aquí:
entre el olor a caldo de pata, junto a una gaseosa cigarra y un pan de ayuya,
el rugido sordo del Galeras, el aroma de un buen café, el olor a cuy asado y la
bocina interminable de un bus de transporte urbano atascado en la calle 17 con
carreras 23 y 25. ¿Qué pensaría? ¿Qué diría? Sobre todo: ¿qué haría?
No es un experimento mental banal. Séneca no era un filósofo
de torres de marfil. Era un hombre que vivió la enfermedad, el exilio, la
riqueza excesiva y la condena a muerte. Su estoicismo no era un sistema
académico sino una tecnología de supervivencia. Y Pasto, ciudad de geografía
volcánica y alma contradictoria, le hubiera dado material de sobra.
"No es pobre el que tiene poco, sino el que desea
mucho."
Séneca, Epístolas Morales
Una mañana en Pasto: el arte de no perder la cabeza antes del desayuno
Seguramente, Séneca comenzaría el día como lo recomendaba en
sus Epístolas: con unos minutos de silencio para examinar el día
que viene. No el celular. No las noticias. No el grupo de WhatsApp familiar.
Primero, la mente. Algo que todos deberíamos hacer para ser libres.
En Pasto esto es casi un acto revolucionario. La ciudad
despierta ruidosa, fría y urgente. El tráfico de las siete de la mañana en la
avenida Los Estudiantes convierte cualquier intento de serenidad en una batalla
perdida. Pero Séneca diría que ahí está precisamente la práctica: la serenidad
no es la ausencia de ruido externo, sino la presencia de orden interno.
"Recede in te ipse", escribió alguna vez.
Retírate en ti mismo. No huyas de la ciudad; retírate hacia adentro mientras el
bus pita. Eso, traducido a la vida pastusa, significa aprender a vivir el viaje
al trabajo no como un suplicio sino como el primer ejercicio filosófico del
día.
El volcán Galeras como maestro de Séneca: vivir bajo la incertidumbre
Pasto tiene algo que pocas ciudades del mundo pueden
ofrecer: un volcán activo de fondo. El Galeras, que asoma sobre los techos con
una indiferencia geológica absoluta, es el recordatorio más honesto de la
fragilidad humana que existe. Séneca lo habría amado. Seguramente, también
hubiera dicho que es un orgullos vivir a las faldas de un volcán.
El estoicismo tiene un concepto central: memento
mori, recuerda que morirás. No como invitación a la angustia, sino como
llamado a vivir con intensidad y atención en el presente. Los pastusos, aunque
raramente lo verbalizan, practican esto sin saberlo. Quien vive bajo un volcán
aprende, quiera o no, que el control es una ilusión parcial. El Galeras
erupciona cuando le da la gana.
"Pierde el tiempo el que espera que el mañana llegue
primero."
Séneca, De Brevitate Vitae
Por eso, Séneca diría que esa conciencia volcánica, ese
vivir con el riesgo al fondo del horizonte, es exactamente la actitud que el
estoicismo busca cultivar de manera artificial en quienes viven en ciudades
cómodas y olvidan su propia condición mortal. Pasto, paradójicamente, tiene
ventaja filosófica.
Las redes sociales, el Carnaval y el ruido de la opinión ajena
Si hay algo que Séneca combatió con más energía que la
enfermedad física fue el veneno de la opinión ajena. "¿Cuántos hombres te
roban tiempo en nombre de la amistad?", preguntaba. Hoy lo preguntaría
mirando Instagram, TikTok, los comentarios de los periódicos locales y los
debates políticos que circulan por redes a velocidad de lava.
Pasto es una ciudad intensamente social, donde la opinión
del vecino, del compadre y del conocido pesa enormemente. El Carnaval de Negros
y Blancos —patrimonio cultural de la humanidad y fiesta del alma colectiva— es,
entre muchas cosas, una celebración de la mirada del otro, del disfraz, de la
máscara.
Séneca no aboliría el carnaval; lo viviría con alegría
genuina. Pero después del último día de fiesta, volvería a preguntarse: ¿cuánto
de lo que hago lo hago porque lo quiero, y cuánto porque lo esperan de mí?
La distinción estoica entre lo que depende de nosotros y lo
que no —la célebre dicotomía del control— tiene aplicaciones
cotidianas y brutalmente prácticas. ¿Te preocupa lo que dijeron de tu foto en
Facebook? No depende de ti. ¿Cómo respondes al insulto o al elogio? Eso sí. Ahí
está tu campo de acción, y es todo el campo que necesitas.
Lecciones concretas para la vida pastusa —y la vida sin más
Lección 01
Distingue lo que controlas
El tráfico, el clima, la economía y los demás no dependen de
ti. Tu actitud, tus palabras y tus decisiones sí. Ahí concentra la energía.
Lección 02
Practica la incomodidad voluntaria
Séneca comía frugalmente un día a la semana para recordar
que la sobriedad era posible. Aquí: un día sin celular, o caminando en vez de
tomar taxi.
Lección 03
Lee, pero actúa
"No leas muchos libros, sino buenos." Y sobre
todo: traduce lo leído en conducta. La filosofía sin práctica es decoración.
Lección 04
Cuida el tiempo como si fuera oro
El tiempo es el único recurso que no se recupera. Cada hora
gastada en lo irrelevante es una hora que no volverá. Sé avaro con tu agenda.
Lección 05
Practica la gratitud concreta
No la gratitud de postal, sino la de notar: el café de
mañana, la vista del Galeras despejado, una conversación honesta. Lo pequeño
sostienes lo grande.
Lección 06
Sé útil, no solo exitoso
Para los estoicos, la virtud es el único bien real. El
dinero, el cargo, el reconocimiento son indiferentes. Lo que importa: ¿estás
siendo bueno para alguien?
La paradoja final: el filósofo rico en la ciudad de los volcanes
Habría que decirlo con honestidad: Séneca también fue uno de
los hombres más ricos de Roma, y sus críticos —entonces y ahora— le reprocharon
cierta incoherencia entre el discurso austero y la vida opulenta. Él mismo lo
reconocía. "Todavía no he llegado a ser lo que debería ser", escribía
sin avergonzarse.
Esa honestidad, esa capacidad de sostener la tensión entre
el ideal y la realidad sin abandonar ninguno de los dos, es quizás la lección
más humana y más pasable a la vida diaria. No se trata de ser un santo estoico.
Se trata de intentarlo cada día, fallar a veces, y volver a intentarlo sin
drama ni autopunición excesiva.
En Pasto, ciudad que también conoce la tensión entre lo que
es y lo que aspira a ser, entre la tradición y la modernidad, entre la fiesta y
el silencio, entre el volcán y la calma, Séneca no estaría perdido. Estaría,
probablemente, tomando un caldo de costilla, mirando el Galeras, y escribiendo
una carta a algún amigo.
Una carta que empezaría, como siempre, con las mismas
palabras: Ita fac, mi Lucili. Hazlo así, querido Lucilio. Vive
como si cada hora importara. Porque importa.
Este artículo es una invitación, no un manual. El estoicismo
no promete felicidad sin fricción; promete claridad con fricción. Y en eso,
Pasto —con su cielo volátil, su gente de carácter fuerte y su volcán de fondo—
es un laboratorio perfecto.
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