Cómo era la vida en Pasto hace 100 años (Guía)


Caminar por las calles de Pasto en 1926 era, ante todo, un ejercicio de silencio y asombro. Mientras el mundo intentaba sacudirse las cenizas de la Gran Guerra, la capital de Nariño —esa "Atenas del Sur" que tanto mencionamos con orgullo— vivía un momento de transformación fascinante, donde la modernidad empezaba a tocar las puertas de una ciudad profundamente colonial, religiosa y agrícola.

Como periodista que escudriña las grietas del tiempo, he reconstruido esta estampa de la vida cotidiana de nuestros bisabuelos. Olviden el ruido de las motos y el asfalto; hace cien años, Pasto se sentía y olía de una manera completamente distinta.

 

1. El paisaje urbano: Paja, adobe y el rugido del Galeras

En 1926, Pasto era una ciudad pequeña, recogida sobre sí misma. El centro histórico, con sus calles empedradas y casonas de paredes gruesas de adobe, era el corazón de todo.

  • Los techos de paja: Todavía quedaban muchas viviendas con techos de paja, aunque la teja de barro empezaba a ganar terreno como símbolo de estatus.
  • La iluminación: La luz eléctrica era un lujo reciente y caprichoso. Por las noches, la ciudad se sumergía en una penumbra amarillenta de velas y lámparas de aceite, lo que alimentaba las leyendas de espantos que hoy recordamos como cuentos de abuelos.
  • El transporte: El caballo y la carreta eran los reyes. Ver un automóvil —aquellos Ford T que llegaban desarmados a lomo de mula desde el Pacífico— era un acontecimiento que paralizaba el comercio y sacaba a la gente a los balcones.

 

2. La vida social: Entre la fe y la chicha

La vida hace un siglo estaba marcada por las campanas de las iglesias. San Juan, La Merced y Santiago dictaban las horas del trabajo, del almuerzo y del descanso.

  • La Plaza de Nariño: No era el parque arborizado que conocemos hoy. Era un mercado abierto, un lugar de encuentro donde los campesinos de las veredas cercanas llegaban con sus mulas cargadas de papa, hortalizas y leña.
  • La vestimenta: El hombre pastuso de 1926 rara vez salía sin su ruana de lana virgen y su sombrero. La mujer, por su parte, lucía el pañolón y faldas largas, manteniendo una compostura que reflejaba la fuerte influencia de la Iglesia Católica en la conducta social.
  • La Gastronomía: El cuy ya era el rey de la mesa, pero su consumo estaba muy ligado a la vida familiar y a las celebraciones agrarias. La chicha de maíz era la bebida social por excelencia, mucho antes de que las gaseosas industriales invadieran nuestras tiendas.

 

3. Una ciudad aislada pero culta

Lo más sorprendente de Pasto hace cien años era su capacidad para mantenerse conectada intelectualmente a pesar de su aislamiento geográfico. Sin carreteras modernas —el camino hacia el centro del país era una odisea de semanas—, la ciudad se volcó hacia adentro y hacia el sur, hacia el Ecuador.

  • El mar: La conexión con el puerto de Tumaco era el cordón umbilical con el mundo. Por ahí entraban los pianos de cola, las telas francesas y los libros de filosofía que hacían de Pasto un oasis de cultura en medio de las montañas.
  • La Educación: En 1926, la Universidad de Nariño ya era el faro del pensamiento. Los jóvenes de esa época discutían sobre política, literatura y derecho con una pasión que hoy envidiaríamos. Eran tiempos de la "Hegemonía Conservadora", y Pasto era un bastión de orden, pero también de una bohemia intelectual muy propia.

 

¿Cómo era un domingo cualquiera?

Imagina un domingo de marzo de 1926. Después de la misa mayor, la gente se agolpaba en las esquinas para leer los periódicos locales impresos en prensas manuales. Se comentaba el clima, se miraba con respeto la fumarola del volcán Galeras —el eterno vigilante que siempre ha estado ahí— y se caminaba hacia las afueras, hacia lo que hoy es Anganoy o Catambuco, para disfrutar de un aire que todavía no conocía el smog.

Pasos para entender ese pasado hoy:

  1. Visita el Museo Taminango: Es el lugar donde el tiempo se detuvo. Sus paredes guardan el frío y la textura de la ciudad de hace un siglo.
  2. Mira las fotos de la Fototeca de Nariño: No hay mejor forma de entender la nostalgia que ver los rostros de quienes caminaron estas mismas calles antes que nosotros.

Hace cien años, la vida en Pasto era dura, lenta y fría, pero poseía una cohesión social envidiable. La gente se conocía por su nombre, la palabra valía más que un contrato y el tiempo se medía por procesos naturales, no por notificaciones de celular. Entender ese pasado no es solo un ejercicio de nostalgia; es la clave para no perder nuestra esencia en la velocidad del siglo XXI.

 

Share this

Previous
Next Post »
Comments


EmoticonEmoticon